Análisis

Tenía que sacarlo y al desarraigo también

Football – FC Barcelona v Juventus – UEFA Champions League Final – Olympiastadion, Berlin, Germany – 6/6/15 General view of a Barcelona flag on the centre circle after they won the UEFA Champions League Reuters / Dylan Martinez

Empezamos mal. El mejor mercado de fichajes que se ha vivido y nos tocó ser ajenos por coincidir con un Barça de rodillas, completamente vulnerado. Desnudo. Y sin saber que aún pudiendo competir en la absurda carrera de ver quien paga más a los mejores el Barça no debería entrar jamás. Con Leo Messi en el exilio confeccionado por Laporta, su padre y la pesada herencia de la anterior junta, que culminó su acto final rebajando al Dios a semi-dios. Empezamos otra temporada y despertamos viejos fantasmas.

El Barça se levanta con la peor resaca de su vida. De haber sido envenenado por diez largos años. Aunque el daño no se sintió de inmediato, fue doliendo y calando hasta que llegó a los huesos, y fue capaz de arrancar el alma. Curiosamente el veneno fue tomado a conciencia y hasta a elección por 25.823 personas, reluciendo el gen y complejo de autodestrucción que persigue a la entidad. Lo que empezó como el éxito deportivo más costoso y condicionante de la historia, terminó vaciando un club de autor y artífices. 

Empezó la histeria y una nueva era que abrió paso al Barça irónico. Regresó Laporta con el cartel de salvador y esperanza que en retrospectiva engrandeció de más, lo acusaban de nostalgia y ahora fue él el que queda señalado por arrancarla, y el carisma y la intuición que esperamos que aparezca en acción sigue atrofiada. Sin su conciencia todo es más difícil. 

¿Qué hace que el Barça siga siendo el Barça? 

Más allá de su increíble masa social del Barça queda muy poco. Habiendo perdido a Messi, el mejor de siempre, queda entre poco y nada a lo que aferrarse. Desarraigo. Con sólo un templo que se cae a pedazos literalmente y el escudo que querían cambiar, literalmente. Y es que la herencia de Josep Maria Bartomeu pesa tanto que hundió hasta el amor propio. Por eso el Barça no había siquiera pisado el Allianz Arena y la sensación colectiva era como si hubieran caído otros ocho goles. El tiempo dirá si la ausencia del diez pesará tanto como el legado. Así como con Cruyff lo ha hecho y pesando mucho mucho más la ausencia que la presencia, por la necesidad de quererlo de vuelta. Al punto de esperar su segunda llegada. Que no es su hijo de sangre. Ni parece que su alumno aventajado. Pero quizá el más listo de la mejor clase que él ayudó a crear, quien sigue prisionero de los lujos de Medio Oriente.

Entre el mar de deudas la más grave sigue siendo con nosotros mismos, como el Barça se perdió, el club más exigente del mundo que tolera mucho y perdona poco. Recuperamos la capacidad de asombro y parece que con ella volvió el derrotismo que una vez Cruyff logró arrancar. Si Johan no pudo exterminarlo, si contar con Guardiola no pudo con él y si disfrutar de Messi tampoco fue suficiente entonces la condena es eterna. Por lo menos en algún sector presumir del ADN Barça incluye el victimismo rancio. El partido más importante de la temporada es contra los propios complejos que se crea este club. Y el rival más difícil, el desarraigo.

Que para vencerlo hace falta volver a las bases y recordar qué quieres ser de grande. El desarraigo se vence con amor propio. De ahí que pedir Masía y cantera a diestra y siniestra no sea un capricho ni un último intento de revivir el romanticismo, se trata de volver a querernos y sentir que pertenecemos a ese teatro de 90.000 almas que cruzan sus puertas para cumplir sueños, y nadie tiene más cariño por ello que niños que crecen soñando con vivirlo. Después podemos hablar del trabajo colectivo, del equipo y de futbol pero este deporte son emociones, cómo gestionarlas y cómo levantarte cuando estás sin emoción.

Empezamos ya. Aunque los motivos para creer sean muy pocos tenemos una historia que dice que el Barça siempre vuelve. como Gerard, respondiendo al ‘se busca héroe’ como sólo él podría hacerlo. Siempre nos quedará Piqué. Los que elegimos creer y a quienes el corazón nos late debajo del escudo estamos dispuestos a quedarnos en la primera línea de fuego. Al final los hubo más bonitos pero este sigue siendo el nuestro, nuestro Barça.

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