Opinión

Messi no, él no puede temblar

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El clásico siempre es un partido especial, el más mediático e importante a nivel de clubes porque se juega el honor y el orgullo. Personas de todo el mundo se juegan llegar al trabajo inflados de orgullo y con una sonrisa más grande que Valdebebas, o cabeza agachada y aguantar lo que haya que aguantar. Y si el encuentro promete, el post-partido lo hace aún más porque se puede leer y escuchar de todo, una vez más superó las expectativas.

Como pasa en el Barça el alarmismo domina, todo es siempre de vida o muerte, un fichaje, un partido, un número, una jugada. Tan fructífero como dañino pueda ser. El día después a un clásico perdido todo se potencia. Unos hablando de árbitros o conspiraciones hasta el cansancio, otros haciendo o leyendo análisis tácticos más ricos de lo que los protagonistas en el banquillo pudieran imaginar, otros decidiendo quien sí es culé y quien no, y otros rajando de Messi por temblar de frío. Sí, vida o muerte. 

Pero lo más grave de todo es que hablar del frío que pueda o no pueda tener Messi no es sorprendente dado que venimos de donde venimos y que arrastramos la herencia que arrastramos. El club y su entorno se encuentra en un viaje abstracto llamado crisis de identidad, donde la imagen de Messi temblando de frío en un partido que no se encuentra bien, es poética. Y de ese hilo voy a tirar. 

Señalar al 10, pedirle que corra o que no tiemble cuando caía la de Dios en Madrid es volver al oscurantismo y recordarnos que estamos muy lejos de sacarnos el peso que nos hundió. Que pasamos tanto tiempo con la enfermedad que nos envenenó y ahora dudamos hasta de quien no deberíamos de dudar nunca. Como en los últimos cinco años, le pedimos a Leo que no tenga frío pero lo dejamos solo y descubierto en la peor de las tormentas, le pedimos que no tiemble pero dejamos que el club se tambalee hasta perder el piso, le pedimos que siga aguantando el peso de la institución que mantuvo a flote. Y mientras le pedimos y le pedimos sin arroparlo, sin cuidarlo y sin ayudarlo el tiempo se nos va, nadie hace nada y el jugador más fantástico que han visto mis ojos se nos escapa entre los dedos. 

Señalarlo a él porque nos acostumbró a ganar a tal punto que se nos olvidó por qué o cómo y cuando la colectividad del deporte le dijo basta, lo volvimos a ver a él por no evitar lo inevitable. Los vaivenes del club que buscaba excusas para mejorar y ahora excusas para no hacerlo, defendiendo un estilo, un juego de posición que posee la pelota pero descuida la posición. Un club que se nubló tanto que perdió el rumbo y mientras pelean unos con otros en quien es mejor culé, su tiempo se nos va.

Ahora llegó su amigo a secarlo y ponerle una manta, con el foco en cesar la guerra interna y devolver la serenidad al pintoresco Barça que dejó años atrás. Recordando la figura del padre y cuidando al hijo más especial de la Masía, una declaración de amor y una inyección del Barça por él, por la identidad que nos arrancaron.

Y Messi no, él no puede temblar porque nos recuerda que es humano y los humanos se acaban. 

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